Del libro de Rodríguez Marín dedúcese todavía otra conclusión, que responde á otro de los cargos que se rugen tiempo ha entre algunos exageradores del modernismo. El cargo es maravilloso y singular. El de que la lengua castellana no basta para lo que pide el pensamiento moderno, que está por formar, que es pobre. El tecnicismo científico existe en castellano, como en las demás lenguas europeas, sin ser de ninguna de ellas, pues está tomado del griego y del latín. Del latín se volcó y vació todo el diccionario en el habla literaria castellana, y ha venido á formar parte de su caudal desde el siglo XVI. Con menos de la mitad de ese elemento latino castellanizado y con el caudal hereditario de nuestra lengua escribieron nuestros clásicos. ¿Y de qué escribieron? De todo lo escribible y un poco más. Moldearon el período, dieron viveza y colorido á la frase, derivaron conforme al ingenio del idioma toda suerte de vocablos y se crearon diccionarios particulares para la poesía, para la mística, para el teatro, para la picaresca, para todos los géneros literarios, porque en todos sobresalieron nuestros escritores. El que desee ver una pequeña muestra de lenguaje técnico, no traído del griego, sino formado del castizo castellano, abra las Cartas de Eugenio Salazar, y cuando saboree aquella riqueza y quede ahito de tanto término para él nuevo y desconocido, lea á Rinconete y Cortadillo y el Quijote de Cervantes, y después le aguarda un número sin número de autores, en todos los cuales tendrá donde henchir á manos llenas su apetito, por desapoderado que sea. ¡Pobre la lengua castellana! Dijérase que no se conoce, porque no se leen los clásicos, y quizá se acertara. ¿Y qué mucho, si teniendo entre las manos un tesoro se guarda cerrado y no se quiere abrir?—Es que ese tesoro está anticuado, huele á añejo.—Á esto responde precisamente el libro de Rodríguez Marín, desmintiendo tan extraño parecer. Las lenguas literarias, cuando, como la nuestra, arraigan en el habla viva de un pueblo, que conserva los más de sus vocablos y expresiones, no fenece en dos siglos, ni menos envejece porque se mude una dinastía. La borbónica dió media vuelta á nuestra literatura, por haber dado media vuelta nuestros escritores de principios del siglo XVIII para mirar á Francia, dejando desdeñosamente á su espalda la gran tradición española de los siglos precedentes. Así quedó el habla literaria de repente y en un día empobrecida, cuajada de galicismos, ética y enclenque, sin movimientos, descolorida y marchita. Pero en el pueblo siguió tan viva y lozana como el día antes. El renacimiento del siglo XIX comenzó á remozar el antiguo lenguaje literario, conforme nos íbamos enterando de que habíamos tenido también nosotros escritores tan elegantes y profundos y, sin duda, más desenfadados, más sueltos, más coloristas, más ricos que los de la Corte de Versalles. Y hoy día puede decirse que con el progresivo conocimiento de nuestros clásicos no hay en ellos expresión que no pueda usarse en la literatura moderna. Y ¿por qué no se han de usar, si viven entre las gentes del pueblo, y la antigua literatura resucita, mejor dicho, vuelve en sí del espasmo y postración en que cayó por la boba é infantil admiración de nuestros abuelos hacia lo que veían en París de Francia? Una literatura como la nuestra, que tiene tan rica tradición, no debe desdecir de ella, no puede vivir aislada, cual mata que acaba de brotar en terreno baldío; es la continuadora de un glorioso pasado, en el cual ha de tomar, como en sus propias raíces, la savia que le haga falta, sin irla á mendigar fuera de casa. Rodríguez Marín sabe encajar tan al propio los vocablos y expresiones antiguas, que no lo parecen, como de hecho no lo son. El ansia de novedad pudiera excusar á los escritores que buscan términos extraños por lo desusados, porque realmente con el continuo roce no parece sino que se menoscaba el lustre de las palabras, hiriendo menos la fantasía. Pues ¿qué mejor manera de abrillantar la oración que con las menos manoseadas de nuestros clásicos, ya que sobre la novedad llevan consigo cierto aire venerable que la hacen grave, solemne y hierática, atrayendo la atención del lector, con lo que se le inculca y graba más la sentencia? Nadie como los nuestros en esto de variar la frase, de ser derrochadores y abundantísimos en todo género de expresiones galanas, metáforas apropiadas, sutiles y elegantes. Era precisamente su flaco, y así enriquecieron el léxico castellano sobre el de cualquiera otra lengua de Europa. La mina de nuestros clásicos aguarda todavía quien vaya á beneficiarla, y promete no esperados tesoros. Despilfarradores y manirrotos más bien fueron siempre los españoles en el hablar, nada les hartó. Doy por seguro á los que se quejan de la penuria del castellano, que si abren por cualquier parte los libros de los siglos XVI y XVII se hallarán de manos á boca en cada página con vocablos y frases que jamás les ocurrieron, ó que por lo menos no usaron en todos los días de su vida. Yo ando tras un autor que tuviera todos los vocablos de la lengua castellana, para tomarlo como punto de partida de un diccionario completo. Cuando esos quejumbrosos hayan hecho uso de todos los de nuestros antiguos escritores y estén en el caso de que se les dé la razón, nos ocuparemos con muchísimo gusto en buscar traza cómo acrecentemos nuestro caudal léxico. Entretanto, teniendo todavía harto tiempo hasta que tal logren, les aconsejo que moderen su llanto y no hagan del avariento, que se le van los ojos tras las peluconas que ve en el escaparate del cambista, teniendo en poco sus arcones repletos de ellas. No son los diccionarios hasta el día impresos los que den fe de nuestra herencia, por abultados que sean, que lo son más que el doble de los diccionarios franceses; faltan en ellos centenares de vocablos, que yacen enterrados en nuestros antiguos libros, y millares que andan por ahí en boca de las gentes en todos los rincones de España y América. Si se pensara menos en el latín, y sobre todo en el francés, y se fuera á oir á los únicos dueños de esa herencia y propiedad, que se llama idioma, que son las gentes de los cortijos, los pastores, los labriegos, sería de ver lo apropiado y gráfico de sus expresiones para cada uno de los menesteres de la vida, y la ninguna necesidad que sienten de aprender francés, ni latín, ni griego para llamar con nombre adecuado sus faenas y aperos. Los escritores del siglo XVI, al saludar con júbilo el renacimiento clásico y al apropiarse las ideas y palabras de Grecia y Roma, traían todavía en sus labios mil vocablos populares que en sus casas habían aprendido, y los prodigaron en sus libros mezclándolos con los recientes greco-latinos. Las generaciones siguientes educaron su gusto literario tan sólo en los escritos, y más en los latinos que en los españoles, de donde resultó que el caudal latino fué subiendo y aumentando, mientras bajaba y menguaba el de rancio abolengo castellano. Nosotros, que ni siquiera leemos aquellos clásicos que supieron entreverar los elementos de entrambas procedencias, y sólo sabemos leer libros franceses, nos vemos reducidos al caudal léxico del francés, el más mezquino de los léxicos europeos. Tras lo cual nos llevamos las manos á la cabeza y deploramos nuestra penuria con la más risible candidez del mundo. Tenemos veinte verbos y frases para expresar una idea, y no echamos mano más que del verbo que tiene su equivalente en francés, y aun retorciéndolo para que ajuste con la acepción metafórica que en francés lleva, por más que la metáfora riña con nuestra manera de ver las cosas.

¿Cuántos hay que conozcan á Cáceres? En su Paráfrasis de los Salmos halla cuatro, seis, diez maneras diferentes de verter cualquier frase hebraica. Abro al azar (fol. 130 v.): «Infixus sum in limo profundi. Véome atollado en un gran lodazal... Es de manera que no hallo en qué estribar, no puedo hazer pie, ni me han quedado fuerças para sostenerme». «Veni in altitudinem maris, et tempestas demersit me. Las fuerças de las olas del mar me han traydo á lo más hondo, hanme sumido, véome anegado, y sin remedio de salir de aquí con vida». «Laboravi clamans. Estoy cansado de dar vozes en balde... Háseme secado la boca. Héme enronquecido. No puedo echar el habla del cuerpo. No me oyrán de aquí allí». «Defecerunt oculi mei. Háseme enflaquecido la vista. He perdido la vista de los ojos..., tráenme deslumbrado». «Quae non rapui tunc exsolvebam. Pagan los justos por pecadores. Otro lo hizo y yo lo pago. Házenme gormar á mí lo que no comí. El bocado de Adán llovió sobre mí. Parece que dieron carta de lasto (lastar en Cervantes) contra mi persona y bienes, sin deber yo á nadie nada pago por todos, y á todos». «Me tratan como á un estraño, hazen que no me conocen, házense de nueuas quando me ven». «Abrásome en deseo..., congóxome, consúmome, deshágome». «Abroquélome, ampárome, escúdome, defiéndome». Y todo el libro por este estilo. ¿Cómo traducir tabescere en «Anima eorum in ipsis tabescebat?» «Les hazía el miedo perder el color, congoxáuanse, pudríanse con la aflicción que les causaua el peligro, dexáualos el miedo medio muertos, quedauan desconjuntados, perdían los pulsos» (fol. 200 v.) Habría que transcribir toda esta maravillosa obra del Obispo de Astorga: es un tejido de frases sinónimas, que prueban la riqueza del castellano y su potencia para verter los conceptos más orientales del libro de los Salmos. Pero, mal avenidos con esa abundancia y colorido del habla de nuestros clásicos, queremos limitarnos á los términos franceses, y no ajustándose á un gigante las armas de un enano, decimos que nos faltan palabras.

Así nos hemos quedado sin lo nuestro y sin lo ajeno. Hay un remedio: dejarnos de correr la ribera en busca de aventuras fuera de casa, y quedarnos en ella á revolver los gruesos legajos de nuestra herencia, imitar á Rodríguez Marín en el cariño por las cosas españolas, y no dejarnos embaucar por la moda.

El que compare las paráfrasis que se han hecho de la Biblia en francés y en castellano echará bien de ver cuál es la pobre y cuál la rica. En la Carta prólogo á la suya escribe el mismo Cáceres: «pero reducirlo todo al phrasis y modo de hablar propio de nuestra lengua Castellana por version paraphrastica, sera sin duda difficultosissimo: esto he visto yo claramente en un autor Frances muy erudito y grave: que declarando los Psalmos, y procurando aprovecharse del phrasis de su lengua para declarar algunos sentidos difficultosos, lo haze muy pocas vezes, porque la lengua no lleua mas». Realmente, dificilísimo es que una lengua de las modernas dé de sí para desentrañar y trasladar el libro más oriental y lírico de la Biblia, cual es el de los Salmos; y con todo, ahí está la Paráfrasis de Cáceres, que prueba por sí sola hasta dónde llega el castellano y tapa la boca á los quejumbrosos mozuelos que nos echan en cara su pobreza. Acabemos, pues, con las palabras que el mismo autor escribe al fin de su Carta prólogo: «y quiça por este camino se vendrá mas á conocer la grauedad de palauras, el espiritu, y enfasi de la significacion, las muchas sentencias, la variedad en los phrasis, y generalmente la abundancia, y riqueza de la lengua Española, que tan infamada nos la traen los estrangeros, llamandola estrecha, encogida, faltosa, pobre, y mendiga de palauras, y que ha menester buscallas de lenguas forasteras».

Natural y humano era el que los extraños, envidiando nuestro poderío, pusieran mengua y tacha en nuestro idioma. Hoy, que España anda tan de capa caída en el habla como en todo lo demás, nos la vienen á ensalzar y poner en los cuernos de la luna, compadecidos, sin duda, de nuestro abatimiento, y queriendo alentarnos en nuestras desventuras. Pero los españoles, que á pesar de nuestra proverbial arrogancia y fanfarronería somos los primeros en reconocer y aun exagerar nuestras faltas, en vez de estudiar á nuestros clásicos como los estudian los extranjeros que nos los envidian, nos damos á lamentar con jeremiadas lo que sólo ha sido resultado de nuestra dejadez y lo que pudiéramos remediar sin salir de casa, con sólo leer unos cuantos libros, que los mismos extranjeros y los pocos Rodríguez Marín que tenemos nos dan reimpresos, criticados y comentados.

Ortología castellana

Por no corresponder con una crítica tal vez algo dura, aunque no nada apasionada, sino sincera, á la atención que tuvo el autor del libro de que voy á hablar regalándome un ejemplar, no quise publicarla cuando la escribí hace unos meses. Algunos amigos han creído que sería de algún provecho para la prosodia y versificación, mayormente después que han publicado sus reparos D. Julio Calcaño, el P. Aicardo y el P. Juan Mir y contestádoles su autor en «El Siglo Futuro». Allá va, pues, tal como la escribí á raíz de la publicación del libro.

Con el título de Ortología clásica de la lengua castellana acaba de publicarse un libro de 380 páginas, precedido de una carta de D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Su autor, D. Felipe Robles Dégano, es buen amigo mío, Presbítero, que ha enseñado Gramática, de ingenio sutil, trabajador incansable, muy dado á los estudios escolásticos de filosofía y teología, y castellano de la provincia de Ávila. Todo esto había que decirlo para formarse idea de una obra que merece estudiarse y criticarse. No por ser amigo mío trato de darle bombo, ni dejaré de juzgarle con toda libertad. Como Presbítero y muy escolástico, tiene un estilo que más es de otros tiempos que del nuestro, el silogístico en toda su desnudez, con sus teorías de la materia y forma, del supuesto, etc., etc., que aduce á veces á modo de comparación para aclarar algunas ideas, que son más claras que esas vetustas y abstrusas teorías, por lo menos para los que no tenemos la sutileza de ingenio de mi buen amigo. No obstante esto, su dicción es clarísima, sin pretensiones y al alcance de todos.

Fuera de España, cuando un autor ha trabajado acerca de un punto cualquiera de una ciencia con particular estudio, y ha dado en algo nuevo, digno de que se publique, escribe un artículo ó una monografía, que, por lo mismo, las hay interesantísimas y á veces son fruto de la labor de varios años. Por acá en España es achaque bastante general no contentarse con eso, sino rellenar un libro tratando de toda la ciencia, con lo cual se consigue formar un tomo, en el que fuera de la novedad descubierta por el autor, todo lo demás se reduce á repetir mejor ó peor lo que contienen ya otros libros. Algo de esto le ha pasado al Sr. Robles. Si en vez de escribir una Ortología completa, hubiera redactado una monografía sobre el diptongo y la diéresis en nuestros poetas de la época clásica, es decir, si se hubiera ceñido al libro cuarto de su obra, hubiera hecho una obrita, en la cual nada habría que criticar, y sólo sí, muchísimo que alabar. La Ortología de Robles es un pajar, en el que ha enterrado una perla. Hablemos antes del pajar, para que el lector no pierda tiempo ni se impaciente al tener que hojear 211 páginas, ó sean los tres primeros libros, sin hallar nada que merezca la aprobación que le da el Sr. Menéndez y Pelayo. Por ella y por lo que yo conocía al autor comencé á leer la obra muy en su favor. La desilusión fué horrible. Ya iba á soltar el libro de las manos, cuando di en la perla, que es el libro cuarto.