La Ortología trata de la pronunciación. La divide el autor en Ortología fonética (l. 1.º), rítmica (l. 2.º), prosódica (l. 3.º), silábica (l. 4.º), retórica ó periódica (complemento). Los tres primeros libros no están al nivel de los conocimientos actuales. El autor parece desconocer las hondas cuestiones, tan traídas y llevadas, acerca de cada letra, su ortografía y su sonido en las épocas pasadas. Define la sílaba: «el sonido ó conjunto de sonidos que se emiten á la vez en cada articulación de la voz» (p. 33). En cada articulación de la voz sólo puede emitirse un sonido; no varios, lo cual es indispensable para que haya sílaba. Inventa un nuevo término, el de azeuxis, para indicar «la contigüidad de dos vocales que naturalmente no se unen para formar una sílaba»: esto se ha llamado siempre diéresis. El término adiptongo del Sr. Benot lo critica el autor en razón de que no se trata, de no dos sonidos, que es lo que el término significa. Pero el término diptongo etimológicamente sólo vale dos sonidos; y una vez convenidos en la acepción, no etimológica, sino usual, de diptongo, la unión de vocales que no lo forman puede muy bien llamarse a-diptongo. Hay otras muchas definiciones que nada tienen de nuevo, y algunas que no hacen al caso para la Ortología. Menos nuevo tienen las observaciones sobre la pronunciación y la ortografía de cada sonido y letra. El criterio es aquí el vulgar de la Academia, ó más vulgar todavía. Alaba el que se ponga la p antes de t y c, como en Septiembre; llama viciosa la omisión de la d en colorao; de la diferencia entre ç y z sólo dice que «antiguamente usaban también una c con una coma ó virgulilla», sin añadir qué sonido tenían estas dos letras; dice que es defecto decir leción, etc., como todo el mundo dice y como dijeron los clásicos de cuya Ortología trata; afirma que la pronunciación de la j la hemos tomado de los árabes; asevera que ch y ye «se pronuncian con la misma articulación», y que la articulación de la ñ «tiene grande semejanza con la y»; corrige lo que enseña la Academia acerca de la antigua aspiración de la h, diciendo que «desde muy antiguo comenzó en España á suprimirse la aspiración», cuando precisamente existió desde el origen del castellano hasta mediado el siglo XVI; dice que es vicio el suprimir la n en ins, ons, uns, como la suprimen todos los castellanos y la suprimían los clásicos. Como se ve, esta Ortología ni es la de la época clásica ni la de la Castilla actual: es la Ortología de algunos eruditos latinizantes, que pronuncian el latín, no como lo pronunciaban los romanos, sino como suena articulando todas las letras, tal como están escritas, y trayendo al castellano esa artificial pronunciación. En el libro segundo sólo se mientan las ideas más comunes sobre el consonante y asonante, y el acento en los versos. En el libro tercero trata del acento; pero mezcla muchas cosas de pura Morfología, sobre todo un completo tratado del Verbo, que dice tenía escrito hacía algunos años, todo ello conforme á las ideas vulgares de las Gramáticas más adocenadas. Como buen castellano, aboga por los pronombres la, las, dativos femeninos; no ve con buenos ojos el lo masculino, y prefiere los para los dos casos dativo y acusativo. Más castellano todavía se muestra al defender que los posesivos mi, tu, su con nombre se acentúen; cuando precisamente por ser enclíticos atómos se abreviaron, y á nadie le gustaría que confundiendo el posesivo con la expresión apositiva le dijeran: cuando tú caballo, en vez de cuando tu caballo. Ni este abuso de Castilla ni otras cosas, que el autor pretende probar con los versos, quedan con ellos probadas, pues suenan tan bien y mejor sin acentuar las enclíticas.
Tocante á etimologías, el autor pertenece á la antigua escuela. Prosa dice que viene de porro versa ó proversa, litera de linere litum, palabra no de parabola, sino de hablar, añadiendo al tema fal el sufijo abra (abrum en latín), pabilo de pábulo, con lo cual canoniza el que se pronuncie pábilo, como jamás sonó hasta que los doctos le dieran esta falsa etimología, por lo cual autoriza la Academia las dos maneras de decir pábilo y pabilo.
Acerca de la acentuación que los clásicos dieron á ciertos términos, desconocidos de pueblo y no castellanos de buena cepa, es curiosa la estadística que trae el autor; pero no forma autoridad para el día de hoy, pues han ido cambiando á veces su acentuación por ir entrando en la turquesa prosódica propia del castellano, conservando otras la acentuación etimológica, ó siendo dudosas por el conflicto entre ambos principios. Ambrosía se dice hoy, por el ambrósia de entonces, que seguía al latín; Anacréon no lo diría hoy nadie, como lo decían nuestros clásicos siguiendo al griego; Anibál, Asdrubál, Amilcár, Tubál, decían ellos siguiendo la tendencia castellana á tener por agudos los terminados en consonante en vocablos cuya acentuación originaria no era manifiesta; areopágo petréa, por ser graves los terminados en vocal; á cércen decían conforme á la etimología, hoy á cercén según la tendencia castellana; océano y oceáno luchando los dos criterios; pénsil, réptil antiguamente conforme á la etimología, como débil, fácil, hoy pensíl, reptíl conforme á la tendencia castellana.
Pero supongamos que toda esta paja sólo sirve para resguardar la alhaja del libro cuarto, y vengamos ya á ella. El fruto de nueve años de estudio del autor ha sido poder deducir de los versos de los autores clásicos ocho reglas, que rigen la diptongación de su métrica.
La regla fundamental es: «Toda combinación de vocales átonas es siempre diptongo». Su razón de ser está en la tendencia del castellano á formar diptongo siempre que puede. Los antiguos versificadores hacían poco caso del habla genuinamente castellana: la poesía era una obra erudita que podía no tener en cuenta la pronunciación vulgar, y así las diéresis se menudeaban; el caso era que constara el verso, estirando ó aflojando la pronunciación para que el verso tuviera su longitud necesaria. El movimiento clásico, iniciado por Lope, arraigaba en lo más vulgar y nacional, y la regla dicha se observó hasta Pitillas, Villaroel y N. Moratín. Decíase óidóres, réiréis, óiré, réiterár, críádór, húirán, etc.
Regla 2.ª. «Toda combinación de fuerte tónica con débil átona es siempre diptongo»: ái, éi, ói; áu, éu, óu. La razón es la misma tendencia dicha, siendo todos diptongos castellano-vulgares, menos el último.
Regla 3.ª. «Toda combinación de vocal tónica con fuerte átona es azeuxis», es decir, diéresis, no diptongo. En efecto, es principio del castellano el que para que haya diptongo ha de llevar el acento la vocal más fuerte, ó sea gruesa, a, o, e, respecto de u, i, que son las débiles ó delgadas. No pueden, pues, formar diptongo:
aí, eí, oí; ía, íe, ío;
aú, eú, oú; úa, úe, úo,
que son las combinaciones del castellano vulgar; en el erudito siguen la misma tendencia las combinaciones áa, áe, áo; aá, aé, aó; éa, ée, éo; eá, eé, eó; óa, óe, óo; oá, oé, oó. Estas combinaciones desaparecieron en castellano vulgar, como explico en la Lengua de Cervantes (Fonética), donde están expuestos los principios de la diptongación castellana.
Regla 4.ª. «Toda combinación tónica de dos vocales débiles es azeuxis», es decir, no diptongo: úi, íu; ií, iú, uí, uú. En castellano vulgar sólo forman diptongo las gruesas con las débiles, es decir, a, o, e con u, i, y u, i entre sí, por ser u gruesa respecto de i. Vulgarmente uí, iú forman diptongo: fuí, viúda, y así suenan por regla general en los clásicos por confesión del mismo Robles, contra su regla. En otros términos no vulgares, y en los grupos ií, uú, sólo eruditos, los poetas hicieron lo que se les antojó. La inducción no puede hacerse por lo raro de estos términos; de fortuito no hay, dice, ejemplo; de gratuito dos, uno con esdrújulo, otro con sinéresis. Diptongos son Ruy, muy, triunfo, viuda, monsiur, agüita, buitre, cuido, cuita, Luis, Monjuí, fuí, que son los vocablos vulgares y conocidos, no menos que juicio, ruido, ruin, ruina.