Pero creció la maravilla cuando el rey llamó á ciertos oficiales que se ocupaban en labrar piedras, y encerrado con ellos en su castillo, les dijo:
—Yo tengo en la sierra canteras de preciosos mármoles: mio es el blanco y brillante, que al marfil semeja: mia la serpentina verde como la esmeralda: mio el granito rojo, verde y azul, y el manchado, que imita á la piel del tigre: ¿cuánto me dareis si os dejo sacar mármoles por dos años de esas canteras?
—Te daremos diez mil doblas marroquíes, señor, dijo el principal de aquellos menestrales.
Movió el rey la cabeza.
—Te daremos veinte mil doblas marroquíes.
Repitió el rey su movimiento negativo.
—Te daremos treinta mil doblas marroquíes.
—Dadme treinta mil morteros de granito negro, dijo el rey, uno para cada cautivo.
—¡Ah! señor, ¿y con qué compraremos el granito?
—Tomadle de mis canteras.