Cuando hubieron acabado de pasar los cautivos, el rey Nazar se volvió á los xeques y á los walíes, y les dijo:
—Guardaos vuestra presa por completo: yo no os he pedido oro sino cautivos; me los habeis traido y estoy satisfecho.
Y haciendo que se encargasen de la guarda de los cautivos los walíes de los seis mil de su guardia negra, se fué con su presa la Vega adelante.
—¡No quiere oro! esclamaban maravillados los espedicionarios: ¡y le hemos ofrecido una riqueza inmensa! no hay duda: ¡el rey Nazar está loco!
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Entre tanto el rey, llevando consigo su córte y sus treinta mil cautivos, custodiados por sus seis mil esclavos negros, rodeó por fuera de los muros, llegó al lecho del rio Darro, y siguió por su corriente arriba.
Siguiéronle la córte, los esclavos y los cautivos.
El rey atravesó la ciudad, se metió por las angosturas del rio, y siguió adelante.
—¿A dónde irá el rey? se preguntaban los señores de su córte.
Pero el rey seguia caminando en silencio y aguijando su caballo, siempre contra la corriente del rio.