El rey avanzaba, el sol habia llegado á su mayor altura, y el rey seguia aguijando á su caballo.
Habian quedado atrás los frondosos cármenes y las alegres alquerías, y empezaron á marchar por las anchas ramblas de la montaña, cerca del nacimiento del rio.
Al fin el rey dejó el lecho del rio, y trepó por el repecho de una colina deprimida y estrechísima.
En la cumbre de ella se detuvo.
—¡Mi buen alarife Kathan-ebn-Kaleb! dijo el rey Nazar dirigiéndose á un anciano que iba entre su córte.
—¿Qué me mandas, poderoso señor?
—¿Ves aquellos pinares que sombrean la sierra?
—Los veo, señor.
—¿Ves esas piedras que se amontonan sobre el lecho del rio?
—Sí señor.