—Pues bien, derroca esos pinos, levanta esas piedras, y haz aquí el aduar de los cautivos.
Despues revolviendo su caballo, gritó:
—¡Ah del alcaide de mi guardia negra!
Adelantó un africano atlético.
—Te dejo seis mil soldados: guarda con ellos mis cautivos, y ten presente, que si te falta uno solo de los treinta mil que te entrego, te corto la cabeza: ahora mis buenos amigos á Granada.
Y solo con su córte se volvió al Albaicin.
—No hay duda, decian los wazires y los sabios en vista de todo aquello: el buen rey Nazar se ha vuelto loco.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Se levantó una ciudad rústica en la colina que habia señalado el rey por aduar de sus cautivos.