Tú que vas á Córdoba, señora, busca á Leila-Radhyah y dála esas joyas.
Pero no la digas que su padre la dá un tesoro, porque Leila-Radhyah no tiene ya padre.
No la digas que venga, porque si su padre la vé delante de sí, la matará.»
—Tu padre fué demasiado severo contigo, dijo el rey Nazar.
—Mi padre me ama, dijo Leila-Radhyah con los ojos arrasados de lágrimas.
—¡Te ama, y á pesar de tu inocencia no te ha recibido!..
—Mi padre me ha enviado hace pocos dias otra carta.
—¡Otra carta!
Leila sacó de su seno una bolsita de seda verde y oro, y de ella un pergamino enrollado.