Estaba abstraida, absorta en su amor, cuando un esclavo se acercó á ella, se prosternó, y la dijo con voz humilde:
—Poderosa sultana, la noble sultana Wadah acaba de llegar y desea verte.
—¿Y dónde está la sultana? esclamó con cierta alegría Bekralbayda, porque amaba á Wadah.
—Te espera en tu cámara, señora, contestó el esclavo.
Bekralbayda se encaminó precipitadamente hácia su cámara.
En ella, sentada en el divan que servia de lecho, estaba Wadah, indolente, hermosa, mas hermosa que nunca, y muy sencillamente vestida.
Al ver á Bekralbayda, se levantó, corrió á ella y la besó en la boca.
—¡Oh! esclamó: ¡qué hermosa estás, hija mia! ¡cuánto he sufrido desde el dia en que te sacaron del palacio del Gallo de viento! porque yo te amo, ya lo sabes.
—¡Ah, señora! esclamó Bekralbayda: ¡y vienes á visitar á tu esclava!
—¡Esclava! ¡no! ¡tú no eres esclava! ¡tú eres sultana! escucha; vengo á revelarte un secreto que te va á llenar de placer: el rey...