—¿Pero qué importa eso, señora? ¿por qué ha de pensar el rey en casarme? te equivocas... te equivocas... sultana: yo sé que el rey no quiere casarme con nadie.
—¡Ah! ¡no quiere casarte con nadie! ¡pues mira, yo habia creido!.. el otro dia me dijo: Wadah, estoy pensando en casar á nuestro hijo.—¿Y con quién, señor?—Con una doncella jóven, hermosa, pura, á quien tú conoces.—¿Que yo conozco?—Sí, pero quiero sorprenderte y no te diré su nombre.—Y no me lo dijo: pero al dia siguiente te sacó del alcázar, y te trajo á este otro alcázar: puso junto á tí eunucos, esclavos y guardas... magestad de sultana, y yo... yo creí que era porque te destinaba á nuestro hijo... al príncipe Juzef. ¡Y no amas tú á mi hijo!
—¡Ah, señora! le respeto... pero amarle... no.
—¿Y á quién amas?
—Yo... á nadie.
—¡A nadie!.. ¿y el estado en que te encuentras, pobre niña?
Y la mirada de Wadah se fijó de una manera marcada en Bekralbayda.
La pobre jóven se cubrió el rostro con las manos.
—Ha sido una violencia, una horrible violencia...
—¡Del rey!