—¡Del rey! esclamó asombrada Bekralbayda.

—¿Por qué tiemblas?...

—Has dicho que el rey...

—Es tu amante.

—No; no; y cien veces no.

Wadah habia dejado al fin su continente tranquilo.

Sus ojos arrojaban llamas.

Estaba trémula de cólera.

—¿Pues si no ha sido el rey, quién ha sido? añadió con la voz opaca por los celos y por el ódio Wadah.

—¿Pero qué te he hecho, señora, para que me trates así? esclamó Bekralbayda.