No tuvo que esperar mucho don Rodrigo.
Abrióse una puerta y apareció Florinda resplandeciente con su juventud, su pureza, su hermosura, sus joyas y sus magníficas galas.
Adelantó lentamente, arrastrando su pesada y brillante túnica de seda y oro, con la frente alta y ceñida con la diadema de las nobles godas.
A alguna distancia del rey se detuvo.
—Bien venido seas, señor, dijo con voz reposada y grave, al hogar del conde don Julian.
Don Rodrigo, mudo de asombro ante tanta hermosura, no le contestó mas que con la elocuente sorpresa de su semblante y la encendida mirada de sus ojos.
Florinda silenciosa, inmóvil, imponente, fijaba en el rey una mirada altiva y severa.
Parecia que no veia á las otras personas que habia en la cámara, aunque entre ellas estaba Belay, el amado de su alma.
El rey temblaba; con la mirada fija en Florinda; la llama de un amor infernal se habia apoderado de su alma, y lo habia olvidado todo; el descontento de sus vasallos y los funestos amagos del porvenir que guardaba para él la terrible torre que se levantaba escueta, solitaria y muda al otro lado del Tajo.
Las primeras palabras que pronunció don Rodrigo representaban su deseo.