—Salid, dijo á don Oppas y á los tres príncipes, salid y esperad afuera.
—¡Que salgamos! esclamó obedeciendo á la voz de sus celos Belay.
—¿Quién habla cuando el señor manda? gritó el rey.
—Esa doncella, esclamó adelantándose Belay, es mi esposa.
—¡Tu esposa, Florinda! esclamó palideciendo mortalmente el rey y temblando de cólera.
—Me ha jurado la fé de su amor ante Dios.
—¡Ah! ¿y no es mas que eso? príncipe: yo creí que en efecto la hija de don Julian era tu esposa... pero no lo es... ni lo será, porque yo que soy tu señor no te la concederé.
—Dicen, rey don Rodrigo, observó con un marcado acento de amenaza Belay, que para tí nada hay respetable mas que tu voluntad: que allí donde tus ojos se fijan van la impureza y la deshonra.
—¿Y quién dice eso, mi leal Belay, mi buen pariente, mi hermoso príncipe? dijo el rey dominando mal su cólera.
—Lo dicen las desdichadas que has deshonrado, los viejos cuyas canas has escarnecido, las madres á quienes has arrojado cubiertas de vergüenza las hijas de sus entrañas.