—¡Ah! ¿y no te han dicho que el rey castiga de muerte á los traidores que se atreven á insultarle? dijo don Rodrigo adelantando furioso hacia Belay, que puso la mano sobre la empuñadura de su espada.

Don Oppas cubria con una frialdad hipócrita la alegria de su alma; veia al hasta entonces leal y respetuoso Belay, revelado contra don Rodrigo; veia al rey decidido á todo; sabia que para que cayese la ira de un vasallo poderoso, del conde don Julian, sobre don Rodrigo, bastaba con que este tocase solamente á la orla de la túnica de Florinda; veia ya rebosar de Tánger millares de combatientes salvages, los veia atravesar el estrecho de Alzacac, poner las plantas en Calpe, devastar la Bética y prestar una poderosa ayuda á los hijos de Witiza.

Veia acercarse el momento en que el conde don Julian seria injuriado por don Rodrigo en Florinda.

Belay lo veia del mismo modo y esperaba al rey con la mano puesta en la empuñadura de su espada.

Florinda se interpuso.

—El rey lo manda; dijo con acento dominador: salid príncipes, el rey está en el hogar de un noble vasallo, y tiene derecho á ser obedecido en él. Salid: la hija del conde don Julian cumplirá con lo que debe á su sangre.

Belay vaciló, pero una mirada de Florinda le decidió á obedecer; salió, y tras él salieron Teodomiro y Favila y, al fin, don Oppas que apenas podia contener su feroz alegria.

Florinda y el rey quedaron solos.

—Sentaos, señor, sentaos, dijo la jóven; estais bajo un techo amigo: honrad la copa de mi padre bebiendo en ella.

Y Florinda llenó de vino una ancha copa de oro.