El rey fijó una mirada codiciosa en la copa, mientras que revolvia en su mano entre sus ropas, el pomo que le habia dado don Oppas.
¿Pero cómo verter el contenido del pomo en la copa sin que lo notase Florinda?
Una idea surgió en el pensamiento del rey.
—Me han dicho, dijo, que cantas de una manera maravillosa.
—¿Y quién te ha dicho eso, señor?
—No recuerdo bien: ¡ah! sí, algunas noches he oido el son de una lira en los aposentos de la reina: el sonido de aquella lira me ha arrebatado, ha resonado dulcemente en mi corazon, y la voz que ha cantado unida á aquella lira me ha parecido la voz de un arcángel; por la mañana he preguntado: ¿quién era la muger que tan dulces armonías exhalaba en los aposentos de la reina Aylat? y me han contestado.—Era la hermosa hija del conde don Julian.
—Te han engañado, señor, contestó Florinda. Nunca he cantado en los aposentos de mi señora.
Tembló el rey temiendo que Florinda no supiese tañer la lira.
—Pero si quieres, señor, dijo la jóven, cantaré para tí.
El alma del rey se dilató.