El leopardo acecha.
Acecha sediento de sangre, y se estremece de placer al sentir los pasos de una nueva víctima que se acerca.
El tapiz de la tienda se abre.
Y Ased-el-Schevaní fija su sombría mirada en Florinda.
Y el hombre de hierro se estremece.
Porque aquella muger es muy hermosa, y su túnica descuidada, muestra su incitante desnudez.
¡Acuérdate, Ased-el-Schevaní!»
Cesó por un momento la voz que cantaba, como para dar tiempo á Ased-el-Schevaní de recoger sus recuerdos, y acreció su temblor y un sudor frio corrió á lo largo de su cuerpo, y fantasmas vengadoras tomaron formas para él en el oscuro fondo de la cisterna.
Recordó una noche de luna, en que, volviendo de Damasco con la cabeza del rey don Rodrigo canforada, dentro de una caja de sándalo, se detuvo á poca distancia de Toledo, para entrar en él ostentando clavado en el hierro de su lanza, el hediendo y miserable despojo.
La luna brillaba.