Los árabes que acompañaban al Schevaní dormian junto á sus caballos.
Y él velaba.
Medió la noche y una sombra blanca y vaga adelantó entre las brumas, se acercó vacilante, y entró en la tienda del walí.
A la luz de la lámpara que la alumbraba, Ased-el-Schevaní vió una muger hermosísima, pálida é inmóvil delante de él.
Sus hombros y su seno, deslumbrantes de blancura, estaban desnudos, suelto el cabello de oro, y al rededor de su cuello se veia un collar de diamantes del cual pendia un amuleto.
Aquel amuleto era una manecita de ébano engastada en oro.
Era la mano mágica, símbolo del Islam, que pendia de la esmeralda cabalística de Salomon.
—Yo soy Florinda, dijo la hermosa acercándose al walí y mirándole con los ojos vagos y estraviados, yo soy un arcángel del sétimo cielo, castigado por Allah y convertido en muger.
La infeliz estaba en uno de sus momentos de locura.
—Mira: yo soy muy hermosa, dijo al Schevaní: por mí un pueblo ha venido sobre otro pueblo, y han corrido rios de sangre; por mí el pueblo de Ismael es señor de los godos de occidente, y ese pueblo me insulta porque dice que soy ramera.