—Y mienten, añadió Florinda, asiéndose estremecida á los hombros del Schevaní, mienten: yo soy vírgen, y mis hermanos los arcángeles vienen á acompañarme en mis sueños; pero mis piés están heridos por los abrojos y mi túnica desgarrada, y tengo hambre y frio.

Y la infeliz temblaba: una palidez mortal cubria con un velo terrible su semblante.

Y Ased-el-Schevaní no tuvo compasion de ella.

—¡Ah! la dijo: ¡tú eres Florinda! ¡la manceba de don Rodrigo!

Su horrible boca dejó ver en una feroz sonrisa sus blancos y agudos dientes de tigre.

—En verdad que es muy hermosa esta muchacha, murmuró sintiendo por primera vez un deseo amoroso. ¡Está loca! ¡la noche es solitaria! ¡mis guerreros duermen! ¡nadie podrá arrojarme á la cara una debilidad! ¡y luego!...

El Schevaní lanzó una sombría mirada á Florinda poniendo la mano en el pomo de su puñal.

Florinda le contemplaba con la curiosidad fria y vaga de los insensatos.

—Mira, le dijo: yo amo á un hombre y ese hombre es generoso, noble y valiente.

Yo guardo su nombre y su recuerdo en mi corazon, y temo que se me escape y quedar sola; sola, porque ese recuerdo me acompaña y duerme conmigo.