Déjame reclinarme en tu divan y guárdame, porque me persiguen.

Si mi amado estuviera aquí, él velaria mi sueño, porque me ama.

Los celos y la envidia irritaron al Schevaní al ver el amor que hácia otro hombre resplandecia en la mirada de la pobre loca.

—Tu amante es un cobarde, dijo, un perro traidor que te abandona en tu miseria.

—No, no es cobarde, dijo con voz dulce Florinda: ¡Si tú supieras su nombre!...

Y la desdichada miró en torno suyo con espanto, como el avaro que teme que le roben su tesoro.

Pero su mirada se tranquilizó: nadie habia que la escuchase, mas que Ased-el-Schevaní.

Florinda llevó al wali á un ángulo de la tienda.

—Mi amado es príncipe, le dijo: mi amado es hermoso como los arreboles de la tarde; mi amado conquistará palmo á palmo las tierras que ha conquistado en Gezira-Alandalus el Islam, y me vengará de los que me insultan llamándome ramera. ¡Ay del Islam ante la espada de Belay! el vendrá de Asturias como un vendabal y aportillará los muros de Tolaitola y pondrá los pendones de la cruz sobre sus almenas: entonces yo seré reina, pero no moriré como Aylat[66]. ¡Ay! ¡la mataron sin compasion estas gentes feroces! ¡la mataron sobre mi seno, y aun las negras manchas de su sangre están sobre mi túnica! ¡Defiéndeme tú, hasta que venga Belay, porque me van á matar como á Aylat!

Ased-el-Schevaní, palideció de cólera, irritóse su ojo voraz y un caliente hálito de sangre le embriagó: la crueldad rebosaba de su corazon, y tomó la caja de sándalo que guardaba la cabeza de don Rodrigo.