—Mira, la dijo: abriendo la caja y mostrándola la cabeza del rey: hé ahí la suerte que espera á tu Belay.
Florinda dió un grito: habia reconocido al rey en aquel sangriento despojo, y la habian horrorizado sus cabellos blancos manchados de negra sangre coagulada.
Por un momento desapareció su locura y miró á Ased-el-Schevaní á la luz de la razon.
—¡Ah! ¡Eres tú, tú el verdugo!... ¡tú, el que yo ví en Tolaitola llevando en tu lanza la cabeza del rey! ¡tú, á quien desde aquel dia no he podido olvidar!... ¡Déjame huir de tí! ¡tu mano no se cansa de herir, ni tus ojos de mirar la muerte! ¡apártate de mi camino, porque tu mirada me hiela, y me das horror! ¡Mas horror que los árabes que me insultan y me llaman la Kaba!
—Florinda, amante de Belay, dijo Ased-el-Schevaní, dejando á un lado la caja que contenia la cabeza del rey don Rodrigo, y mirando con el gozo de la crueldad á la jóven: ¡oh! yo mancharé tu pureza y te enviaré deshonrada al hombre de tu amor. ¡Oh! ¡Belay! ¡el insensato que levanta aun una bandera cristiana delante del Koram y se atreve á llamarse rey de Gecira-Alandalus! ¡Oh! ¡y te tengo en mi poder! ¡y él te ama! pues bien; serás la esclava de mis esclavos, y dormirás en mis caballerizas entre los pies de mis corceles, junto á la jaula de mi pantera de Africa.
Y Ased-el-Schevaní, midió con una feroz ojeada á Florinda y se lanzó sobre ella.
Pero Florinda no retrocedió: un poder superior la protegia.
En vano el Schevaní pretendia llegar hasta ella.
Entonces sus ojos se inyectaron de sangre como los de un lobo rabioso, tomó una azagaya y la lanzó á la desdichada: la terrible arma se abrió paso á través de su seno, brotó de la herida un ancho surtidor de sangre, los ojos de Florinda se empañaron, y cayó murmurando entre su suspiro de agonía el nombre de Belay.
Una vez dado el primer paso de crueldad, el Schevaní no se contuvo; Florinda se revolvia sobre un lecho de sangre y el talisman se desprendió de su cuello.