—Y ¡acuérdate! repetia la voz dulcísima que parecia venir de la bóveda de la cisterna, y en la cual creia recordar el árabe la dulce voz de Florinda.

—¡Ah! ¡sí! ¡yo te amo Florinda! esclamó arrojándose por tierra el feroz walí.

—¿Por qué dijiste, pues, contestó con sarcasmo la voz, que no conocias el amor?

-¡Oh! ¡piedad! ¡piedad, Florinda! esclamó el walí: ó haz que lo que ha



sucedido sea un sueño, ó quita de delante de mis ojos esta terrible vision que me atormenta.

Y como si aquella voz solo hubiese resonado para despertar los remordimientos en el alma de Ased-el-Schevaní, quedó la cisterna muda y oscura; desaparecieron los fantasmas, y Ased-el-Schevaní se atrevió á adelantar buscando la salida.