Entre las sombrías penumbras, encontró una puerta y entró en una cámara tan rica y tan bella como las del Palacio-de-Rubíes, alumbrada por una lámpara, á cuya luz se veia dormida sobre un lecho una muger.

Era Yémina.

Al verla el viejo y feroz walí tembló.

Creyó ver ante sí á Florinda, pero radiante de hermosura, sonriente de felicidad; la jóven despertó y fijó de una manera intensa la mirada de sus grandes ojos celestes en el walí.

—Tú eres Ased-el-Schevaní, dijo la jóven sin levantar la cabeza del almohadon donde la tenia reclinada.

El árabe tembló, pero no de terror.

Un amor inmenso, un amor de los cielos, inundaba su alma; porque Yémina, como lo decia su nombre, era la felicidad.

Sus ojos azules, límpidos como el cielo, lucientes como él, como él hermosos, le sonreian y le acariciaban.

Sintió Ased-el-Schevaní dentro de sí una vida nueva; encontróse jóven, ardiente, feliz.

Sus lábios murmuraron armónicos versos exhalados de su alma como el mas escelente poeta pudiera haberlos exhalado delante de la hermosísima vírgen de sus amores.