—Yo te amo hurí, esclamó; te amo y por tí me siento capaz de todo.

Eres para mí mas preciada que la clara y fresca fuentecilla que brota entre flores á la sombra del oasis del desierto para el cansado y sediento caminante.

Tú eres la luz y la vida, el sueño de paz y la esperanza de ventura.

Por tí seria yo capaz de conquistar los cielos, aunque defendiese su puerta el arcángel de fuego.

—No quiero tanto, dijo Yémina: si me concedes lo que voy á pedirte, creeré que me amas y te amaré.

—¿Y qué puedes pedirme que yo no te conceda, luz esplendorosa de mi alma?

—¿Te acuerdas de una muger á quien amaste?

—¡Ah! ¡Florinda! ¡Florinda! esclamó el Schevaní; ¿por qué me recuerdas mi crímen? Era una noche triste y sombría: la luna estaba velada por vapores de sangre: tú estabas delante de mí, pálida, loca aunque hermosa, manchada de lodo la túnica: no estabas tan hermosa como ahora, sultana de las huríes: no, yo... me irrité... yo no habia amado... escitaste mi furor... pero yo no te he olvidado... yo he llorado tu muerte... porque no creí que volveria á encontrarte tan resplandeciente, tan hermosa como la mayor de las hermosuras. ¿Por qué me recuerdas mi crímen y me despedazas el alma?

—Yo no soy Florinda, dijo Yémina: si á tus ojos la represento, es porque Dios quiere en castigo de tu crueldad que tú veas siempre á Florinda en la muger que ames. Tú ves mis cabellos dorados y mis ojos azules. Pues bien, mira por un momento.

Se transformó Yémina y se presentó á Ased-el-Schevaní con sus cabellos negros y brillantes, sus ojos negros y deslumbradores, su frente cándida y purísima y su boca purpúrea, exhalando ambrosía.