Aquella vision duró un momento.
Deslumbró á Ased-el-Schevaní como si en sus ojos hubiera brillado el sol.
Y pasó como un relámpago y volvió á ver en Yémina á Florinda.
Ased-el-Schevaní empezó á enloquecer, y soltó una insensata carcajada.
—¡Oh! ¡yo te amo! ¡yo te amo! esclamó: ámame y seremos los dos seres mas felices de la tierra. ¿Por qué no me amas tú tambien? ¿Acaso me conservas rencor?
—Yo te amaré si me das lo que te pida, repuso Yémina.
—Y bien, ¿qué quieres? respondió anhelante Ased-el-Schevaní.
—Acuérdate: cuando mataste á Florinda la quitaste un collar de perlas que llevaba sobre su seno.
—¡Ah! ¡ah! ¡el rico collar de perlas! esclamó Ased-el-Schevaní lanzando una larga carcajada.
Y luego tomando una guzla de marfil con cuerdas de oro, que se veia junto á Yémina, se sentó á sus piés y cantó, con la voz fresca y pura como un jóven, él, que nunca habia hecho versos ni habia cantado, el romance siguiente: