«Hermosa de las hermosas,—flor preciada, luz del cielo:
¿Para qué quieres las joyas,—si sus pálidos reflejos
han de amenguar lo brillante—de tus dorados cabellos?
envidia tendrán las perlas—si las posas en tu seno,
porque es nacar animado—que de amores guarda incendios.
No hay zafir como tus ojos,—ni diamantes de alto precio
que se atrevan á igualarse—en lo luciente con ellos.
Eres búcaro de flores—que para el amor nacieron,
y de Hiram en los jardines—de Dios las meció el aliento.
Eres joya de su mano—pura, como allá en los cielos,
la nubecilla que pasa—al leve impulso del viento,
ante el sol que la colora, en lumbre de amor traspuesto.
Que Allah, hermosa, te bendiga,—pues eres cerrado huerto,
que para tu amante guardas—de tu pureza el misterio.
Ased-el-Schevaní dejó la guzla y lanzó otra insensata carcajada.
Su locura crecia.
—Quiero el collar de Florinda, dijo Yémina con voz dulce acariciando con sus rosados dedos la larga barba blanca del Schevaní.
—¡El collar de Florinda! esclamó el árabe: ¡un collar que vale muchos cuentos de doblas!
La locura y el amor no habian logrado dominar la codicia del Schevaní.
—No te amaré, dijo Yémina.
—¡Que no me amarás! esclamó con fiereza el árabe.
—No, repuso reposadamente Yémina.
—¡Acuérdate! dijo á su vez el árabe.