—¡Tú heriste á Florinda! esclamó con desprecio la jóven.

Ciego de cólera ante aquel desprecio el feroz siro, un pensamiento de sangre pasó por su alma y desnudó fuera de sí su puñal.

Pero cuando descargó el golpe sintió un agudo dolor en la mano y se encontró...

En su lecho en la alcazaba del Albaicin.

—Ha sido un sueño, dijo; he creido que heria á aquella muger y he dado con el puño en el muro; ¡pero que sueño tan horrible y tan hermoso!

Ased-el-Schevaní no logró volver á dormirse.

Veia delante de sí, radiante de hermosura, á Yémina.

A la noche siguiente volvió á subir á la plataforma de la torre mas alta de su castillo, y como la noche anterior se apoyó en las almenas.

Entonces volvió á ver sobre la cumbre de la Colina Roja el esplendoroso alcázar, y los caballeros que giraban á su al rededor en los aires y en la tierra y oyó la distante y armoniosa música de la zambra que se exhalaba por los calados ajimeces del alcázar.

—No, pues ahora no sueño, poderoso Allah: esclamó Ased-el-Schevaní; yo afirmo los piés en mi castillo y mis manos en sus almenas: yo veo la luna triste y pálida que sigue lentamente su curso; el viento de la noche refresca mi frente, y allí, allí, sobre la Colina Roja, se levanta ese alcázar maravilloso y se agitan aquellos caballeros sobrenaturales, y se escucha esa armonía incomparable. ¡No, no es un sueño, poderoso Señor!