—Sí, contestó todo trémulo Ased-el-Schevaní sacándole de su seno: vale un tesoro, pero mi vida vale mas, y sino me amas moriré. ¿Me amarás tú, si te doy esta inestimable joya?
—¡Oh! ¡sí! ¡te amaré siempre! dijo la jóven.
E inclinó su hermosa cabeza delante de Ased-el-Schevaní.
El árabe puso el talisman alredor del cuello de Yémina, y cuando se le hubo puesto quiso abrazarla.
Pero le rechazó una fuerza incontrastable.
—Sí, sí, dijo Yémina, te amaré siempre como ama el remordimiento al crímen. Yo apareceré á cada momento mas hermosa ante tí; seré tu eterna desesperacion, tu infierno.
Y al decir Yémina estas palabras, Ased-el-Schevaní se encontró entre las tinieblas y el ambiente húmedo de la cisterna, y vió delante de sí como un cuerpo lúcido, y cada vez mas hermosa á Yémina.
Si queria acercarse á ella, parecia que un muro invisible le contenia.
Si pretendia herirla, su puñal encontraba un cuerpo duro é impenetrable como el diamante; si desesperado, no pudiendo resistir el martirio de la vista de tanta hermosura, pretendia huir, el terrible fantasma se le ponia siempre delante, cada vez mas hermoso, cada vez mas incitador.
Yémina se habia convertido en el infierno de Ased-el-Schevaní.