Porque Ased-el-Schevaní habia muerto.
Sus wazires habian encontrado su cadáver en su lecho, y le habian enterrado con gran pompa en el panteon de la alcazaba.
Lo que quedaba sufriendo penas eternas en la cisterna era el alma de Ased-el-Schevaní.
De Ased-el-Schevaní, el alma condenada de la cisterna de la Alhambra.
Algunas noches oscuras, frias, tempestuosas, salen por los brocales de la cisterna gritos débiles, perdidos, desesperados.
Son los gemidos de desesperacion de Ased-el-Schevaní.
Del verdugo del rey don Rodrigo.
Del infame asesino, del torpe profanador de Florinda.
Otras serenas y tranquilas noches de luna, cuando todos duermen, hasta los guardas de los adarves, se percibe un canto dulcísimo y perdido.
Es la voz de Yémina que escita la desesperacion de Ased-el-Schevaní.