Y allá van los campesinos que huyen, y el rey moro que vuela, y la gente que le sigue.
Y las campanas de la villa siguen repicando.
Y el sol inundando la tierra con su primer esplendor de la mañana.
Y los pájaros cantando en las arboledas.
Y entre tanto por la calle Real de la villa, hácia la plaza, vá María, hermosa y resplandeciente, modesta y pálida, los ojos en el suelo, agitado el seno, pensando á un tiempo en su amor y en su padre muerto, y en aquel otro padre moro á quien no conoce, y en las alhajas que la adornan cree sentir el espíritu de su madre.
Y el amor, y el dolor, y la duda, y la ansiedad, hacen correr de tiempo en tiempo dos lágrimas tranquilas por sus megillas.
Y la rodean dueñas y doncellas, y se asoman á las ventanas para mirarla, y los que la miran y los que pasan por la calle, se paran; la bendicen.
Y las mugeres miran con envidia al novio, y á María y á sus alhajas.
Y los hombres fijan una mirada de deseo en la novia y otra de envidia en el novio que vá tras de María, con los ojos fijos en ella, al lado de su padre, rodeado de sus hermanos y seguido de sus amigos y parientes.
Ya llegan á la iglesia, atraviesan con trabajo por entre la gente, se acercan al presbiterio y se arrodillan en los almohadones.