Y empieza la misa.

Todos callan: todos están de rodillas.

Solo se oye lento y grave el canto del sacerdote y el órgano que le acompaña.

Pero de repente otro ruido horrible se sobrepone á la voz del beneficiado y á la del órgano.

Un trueno seco, poderoso, concentrado, que retumba en el espacio, y luego otro y otro.

Todos se levantan sobrecogidos, todos se revuelven, todos se confunden, todos quieren huir á un tiempo.

Porque aquel trueno, seco, rápido, poderoso, es la voz de las máquinas de esterminio[80].

Los hombres corren á las armas; las mugeres van estremecidas de espanto en busca de sus hijos para huir con ellos, y las jóvenes siguen á sus madres estremecidas como el cerbatillo que siente la trompa del cazador y el ladrido de los perros.

La fiesta se ha trocado en combate.

Los fronteros de Martos, á medio armar, sorprendidos, pelean en las calles, desde las casas, desde las torres, con los moros que avanzan, que van llegando hasta el corazon de la villa como un torrente que nada puede contener.