Zumba roncamente la jara y crujen secas y desapacibles las cuerdas de las ballestas.
Oyése el chasquido de la honda y la piedra lanzada por un brazo vigoroso, hiende los aires produciendo un ronco mugido, y va á abollar las jacarillas templadas con las aguas del Genil.
Algunos vecinos pretenden atajar el paso á los moros, pero Abul-Walid rompe por ellos y los arremolina y los holla, arrojándolos muertos á ambos lados de su paso; como el javalí se abre una senda por medio de la maleza que rompe con sus colmillos.
—¡Y pisa, pisa á esos perros! gritó Abul-Walid á su caballo: ¡avanza, Lucero mio, avanza; báñate en sangre hasta las cinchas, que yo te regalaré un pretal de oro, y coronaré tu cabeza con garzotas de diamantes! ¡Avanza, Lucero mio, avanza! ¡holla á esos perros! ¡la vírgen de mis sueños dirige mi lanza, que por sus negros ojos, esparce entre los cristianos las sombras de la muerte!
Y el valiente Lucero embravecido por el combate, avanza gallardo y feroz, y salta sobre los cadáveres y lleva á su real ginete allí donde los fronteros están mas apiñados.
Y los venablos, y las piedras, y las jaras rebotan sobre la armadura dorada del rey como sobre una roca, y Abul-Walid, con la lanza baja y la mirada sangrienta é impaciente avanza siempre, hiriendo cuanto encuentra y gritando sin cesar á su caballo:
—¡Písalos, Lucero mio, písalos: y yo te honraré poniendo sobre tu espalda la hermosa vírgen de las crenchas de oro!
Y como ha sido el delantero en el camino el rey, es el delantero en el combate.
Y como por el camino le han seguido sus moros, le siguen por las calles de la villa.
Sus moros, los feroces africanos de su guardia que llevan los alquiceles rojos para que no los manche la sangre.