¡Ay de los fronteros de Martos!

Sus hombres y sus mancebos han caido bajo los pies de los caballos de los moros vencedores.

Los viejos huyen y se esconden, y en la fuga los encuentra la implacable espada, y en el lugar donde se han escondido es el fuego no menos implacable.

Solo quedan en Martos niños y mugeres.

Mugeres y niños que los moros sacan cautivos á vuelta de la presa.

Las telas, las ropas, el oro, la plata, los ornamentos y los vasos sagrados, van á amontonarse revueltos sobre charcos de sangre.

Y los esclavos van cargando en las bestias que encuentran en la villa el botin que de la villa arrebatan los moros y lo llevan al campo para hacer el reparto.

Nadie hay que resista ya.

Y sin embargo, una gran casa, se defiende aun del infante Mohamet-ebn-Ismail y de sus gentes que la cercan.

Cada ventana, cada tronera, cada rendija de aquella casa dá salida á la muerte.