Los abencerrajes la embisten una y otra vez y son rechazados.

El infante Ebn-Ismail ruge como un tigre irritado, y avanza hacha en mano hácia la puerta.

Otro jóven, de la familia mas esclarecida de los abencerrajes, Aben-Osmin, se adelanta armado de otra hacha junto á él.

Gime, cruge la puerta; resiste algunos instantes y al fin cede.

Una nube de venablos sale del zaguan, y el infante Ebn-Ismail, oye á su derecha un grito de muerte.

El bravo Aben-Osmin ha caido á su lado atravesado el pecho por una vira.

Y al verle caer, el infante gritó á los suyos:

—Pensaba hacerles gracia de la vida por valientes, pero mi caudillo Osmin ha muerto; que no quede uno, ni hombre, ni muger, ni niño.

Y se lanza hambriento de venganza en la casa.

¿Pero qué le detiene de repente?