Ha entrado en una gran sala.
Aquella sala está colgada de negro.
En medio de ocho blandones hay un cadáver.
El cadáver de un cristiano armado, cubierto por una bandera mora, y á cuya noble y cana cabeza sirve de pabellon otra bandera.
Pero no es esto lo que detiene al infante; sus esclavos que han entrado á la par con él, que han escuchado su grito de esterminio, se apoderan de una hermosísima doncella, cubierta de galas y de joyas, cuya hermosura aumenta el terror que lucha débilmente con los esclavos, y sobre la cual se levantan los corvos alfanges.
Y un grito de horror del infante detiene á los esclavos y el infante llega y mira á la doncella.
Y apenas ha tenido tiempo de mirarla, cuando salvo de las armas de los fronteros, se siente herido en el corazon por los ojos de aquella niña.
Y tiembla, y palidece, y tartamudea, y dice al fin á la hermosa asiéndola dulcemente una mano.
—No tiembles gacela de oro, flor de la humbría, lucero de la tarde, sol de la hermosura.
No tiembles porque no has nacido para morir sino para matar.