Pero de improviso suena una llave en una cerradura, se abre y se cierra instantáneamente una puerta, resuena otra vez la llave cerrando por dentro, y el infante queda perdido en la oscuridad.
Piensa volverse, y adelanta palpando con las manos estendidas.
Al fin una dulce claridad brilla á un estremo de la mina, apresura su paso el infante, llega á una escalinata, la sube y se encuentra á la luz de la luna en un pequeño espacio, al lado de un foso, entre altos muros, y al pie de una torre orlada de puntiagudas almenas.
El infante quiere en vano reconocer aquella torre: se parece á otras muchas de la Alhambra, y nunca ha estado en aquellos sitios.
En la parte media de la torre hay un mirador, al que dá paso un ajimez calado, por entre cuyo doble arco se vé el interior de una magnífica cámara iluminada por una lámpara que luce colgada en el centro de ella como una luna opaca.
El infante, sin saber por qué, fija los ojos en el mirador, y escucha con toda su alma.
Pero nada turba el silencio mas que á lo lejos los sonidos de la zambra de Generalife, repetidos débilmente por los ecos, y cerca la voz de los guardas de los muros que de tiempo en tiempo lanzan un grito de vigilancia.
Pero de repente se oyen fuertes pasos, pasos de muger en la cámara á que corresponde el mirador, y aparece en este una forma blanca, que se ase á la balaustrada y vuelve con fiereza su rostro al interior.
Tras aquella forma blanca, gentil, hechicera, que inundan los rayos de la luna, aparece una sombra oscura, en la que el infante cree reconocer al rey.
Al acercarse aquella forma sombría á la forma blanca, esta se avanza á la balaustrada y esclama con un acento desesperado, que llega entero á los oidos del infante.