—¡La muerte! ¡no te comprendo!

—¡Mañana el rey no te amará!

—¡Ah! esclama María comprendiendo al infante: ¡siempre la muerte en torno mio!

—Pero Gonzalo vive.

—¡Que vive Gonzalo! esclama con un acento de inmensa alegría la jóven.

—Sí; y cuida de él mi sabio médico allá en mi castillo de Hins-haleux, en la frontera.

—¡Que Dios te bendiga! esclama llorando de gozo María.

—Y á Dios, dice el infante: nada temas; mañana el rey no te amará.

—¡Dios te bendiga! repite María y desaparece.

—¿Y cómo piensas valerte para que mañana el rey no ame á esa doncella? dice una voz áspera, bronca, cavernosa, al mismo tiempo que una mano descansa en su hombro.