Pero reina un silencio profundo: la luna ilumina en paz desde lo mas alto del cielo el barranco: todas las cuevas están cerradas[83] y oscuras.

—¿Me habrá engañado el viejo que encontré en el castillo? dice Ebn-Ismail adelantando por el barranco: ¿aquí no hay señal alguna de conspiracion ni de conspiradores?

Pero no ha acabado aun de pronunciar el infante estas palabras, cuando de detrás de una breña salta un moro cubierto el rostro con la toca, y le pone al pecho una ballesta armada y le dice:

—Detente sino quieres morir.

Y el infante se detiene y se alegra, porque en aquel hombre que le amenaza, vé un indicio de la conspiracion.

—¿Quién eres? le pregunta el moro encubierto.

—Soy el infante Ebn-Ismail, que busco á los caballeros que conspiran contra el wazir Masud-Almoharaví.

—¿Sabes los nombres de esos caballeros, ó siquiera el de uno solo de ellos?

—No lo sé.

—Pues entonces debes morir.