—Le tengo yo, dice el infante: y se arranca la venda de los ojos.

XIV.

Encontróse en un ancho subterráneo de negra bóveda y de muros húmedos.

Aquel subterráneo presenta por todas partes señales indudables de que es una cisterna.

Alrededor hay de pie multitud de moros, algunos de los cuales tienen hachas encendidas en las manos.

El infante vé que la mayor parte de aquellos caballeros son amigos suyos.

—¿Por qué, pues, habeis desconfiado de mí? dice.

—Se vé el rostro de los amigos, contesta el que antes habia hablado, pero no se vé el corazon.

—Aprovechemos el tiempo, replica el infante: ya es alta la noche, y yo pienso matar al rey mañana cuando esté en su trono de justicia.

—¿Y tambien al wazir Masud-Almoharaví? preguntan algunos.