Mejor hubiera dicho que pasamos la noche, porque yo no dormí.

En medio de mi vela me sorprendió el ruido de un aleteo.

Era Abu-al-abu que entraba por la ventana.

El pobre viejo nos habia seguido.

Se posó sobre mi hombro y estuvo largo rato silvando á mi oido de una manera lastimosa: luego se precipitó por la ventana y desapareció.

Al amanecer, Yshac me hizo montar en el asno y me llevó... al lugar donde te ví.

Cuando entramos, él mismo me quitó el haike y quedé con el rostro descubierto.

Todos me miraban, damas y caballeros.

Todos estrañaban, sin duda mi luto y el de Yshac.

Yo miraba á todos los mancebos que pasaban junto á mi ó que estaban á mi lado: ninguno era el de mis sueños, el ser á quien yo amaba sin conocerle.