Apenas el mago habia salido ó desaparecido, cuando se abrió la puerta, y deslumbrante de galas y de brocados, entró Masud-Almoharaví.
María se estremeció; pero recordando las últimas palabras del mago dominó su conmocion.
—Hermosa sultana del amor, dijo Masud-Almoharaví; que Allah te guarde y te bendiga. Héme ante tí, que vengo á ofrecerte mi amor y mi alma.
—¡Tu amor y tu alma! lo mismo me dice el rey, y tú eres su siervo.
—El rey ha muerto, dijo con voz lúgubre el wazir.
—¡Que ha muerto el rey!
—¿No has oido hoy rumor de combate?
—Sí.
—¿No has visto correr los esclavos negros por los adarves?
—Sí.