—Dios, que es Todo poderoso, ha querido que sea.

—¡Hija tuya, María!

—Sí; y de una rica-hembra aragonesa.

—¡Oh! no alcanzo á comprenderlo.

—Hace centenares de años que primero los árabes, y despues los moros, estamos en contínuo trato con los cristianos: las razas se han mezclado, porque el amor es mas poderoso que el odio: ya ha sido una hermosa doncella originaria de Africa, cautiva en la entrada de una villa, la que ha dado su sangre á los hijos del cristiano; ya una hermosa cristiana arrebatada á su familia, la que ha dado su sangre á los hijos del Islam. ¿Te parece tan estraño que yo en mis mocedades tomase por esposa á una cristiana, y que la hija, fruto de estos amores, me fuese robada por los cristianos?

—¡Oh! bien puede ser, dijo Gonzalo.

—¿Y amarías tú menos á María porque fuese mi hija?

—¡Aborrecerla! ¿quién habla de aborrecerla? ¿puedo aborrecerla acaso? Y luego, ¿no debo á tu hijo la vida?

—Y tu amor y el honor de María. Si mi hijo no hubiera matado al rey de Granada, ¿qué hubiera sido de ella? ¡Estaria deshonrada, triste y sola en el harem de la Alhambra!

—¡Oh! ¡Dios mio! ¿y ahora dónde está?