—Cautiva en una torre de la Alhambra.

—¿Pero, pura... salvada?

—A que me ayudes á salvarla vengo por tí.

—¡Por mí!

—Sígueme y te entrego á María.

—¡Oh, si te sigo! dijo Gonzalo dirijiéndose á su armadura.

—Voy á ser tu escudero; dijo el infante Abd-el-Rahhaman tomando las piezas de aquella armadura.

—¡Oh! ¡sí; pronto! ¡pronto, si de salvarla se trata!

—¡Salvarla! ¡sí! ¿y crees tú que el salvar á mi hija no me cuesta un inmenso sacrificio?

—¡Un sacrificio!