—Sí, salvarla es hacerla feliz, segun me ha dicho mi hijo, María te ama de tal modo, que no puede ser feliz sino siendo tu esposa. Tú la llevarás contigo, y yo, que hace catorce años que no la veo, que no la he visto crecer, la veré un momento para perderla despues.
—¡Perderla! ¿y por qué no seguirnos, señor?
—¡Seguiros! ¿y á dónde queriais que yo fuese con vosotros?
—A Castilla.
—¡Entre cristianos!
—¿Y no es tu hija cristiana?
—Para darte á María, dijo con severidad el infante; ¿te he pedido yo que te quedes entre nosotros, y que apostates de tu religion?
—¡Ah, señor, perdon!
—¡Alí! ¡Alí! dijo el infante acabando de enhevillar la última pieza del arnés de Gonzalo: un caballo de batalla, y veinte ginetes. Pronto, pronto.
El esclavo que habia aparecido á la puerta, desapareció.