—No hablemos, pues, mas de esto, dijo el infante dirijiendo de nuevo su palabra á Gonzalo. Así lo ha querido Dios, y así es, porque no puede ser que deje de cumplirse la voluntad de Dios. Ahora, cristiano, sígueme y roguemos á Dios que nos proteja, porque la empresa que vamos á acometer es peligrosa.
Y salió con Gonzalo de la cámara.
Poco despues, el moro y el cristiano cabalgaban por el camino de Granada y á gran prisa, seguidos de veinte ginetes moros.
XXIX.
Volvamos, pues á la relacion que dejamos interrumpida en el momento en que despues de haber entrado el infante Ebn-Ismail, por un ajimez en la habitacion de la torre de la Cautiva donde le esperaba la sultana Ketirah, rechazó á esta, que como solia, se habia arrojado entre sus brazos.
Esta accion, inesperada, violenta, y la espresion lívida del semblante de Ebn-Ismail, sobrecogieron á la sultana.
—¿Qué te he hecho yo, desdichada de mí, esclamó, para que así me arrojes de tus brazos? ¿en qué te ha ofendido tu esclava, señor de mí alma, ó es que ya no me amas, y quieres abandonarme?
—¡Quisiera Dios que nunca te hubiera amado! esclamó el infante.
—¡Habla! ¡habla! esclamó trémula la sultana: ¡esplícame la razon de tus palabras!
—Aun no es tiempo, dijo el infante; faltan tres personas aquí.