Y, ¡cosa estraña! delante del caballo que montaba Masud, corria dando horribles ladridos, el lanudo y gigantesco perro que habia guiado al wali de Algeciras aquella misma noche al albergue donde se ocultaba su hijo.

XXXI.

Cuando el padre y el hijo se retiraron del ajimez, el maldito rey mago habia desaparecido.

Solo quedaba en la cámara Ketirah, pero en un estado horrible.

Estaba replegada en el diván, muda, sombría, con la mirada estraviada, y jadeante.

Tenia en la mano un pomo de oro.

De aquel pomo, salian algunas gotas de un licor verdoso.

—¡Oh! esclamaron á un tiempo su padre y su hermano corriendo hácia ella. ¿Qué has hecho desdichada?

—¡Adúltera! ¡parricida! ¡incestuosa! esclamó con acento terrible, la sultana Ketirah.

El padre y el hijo cayeron de rodillas.