Ketirah, continuó delirando.

—¡La vida! ¡la vida! ¿para que quiero yo esta vida de horror?

¡Maldito sea mi padre, que me abandonó!

¡Maldito sea mi hermano, que puso los ojos en mi hermosura!

Y Abd-el-Rahhaman y Ebn-Ismail, cayeron de rostro contra el suelo y sintieron sobre sí la mano de Dios.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En vano los esclavos que esperaban á su señor al pie de la torre, esperaron toda la noche; al amanecer, temerosos de ser vistos se retiraron.

La escala quedó pendiente del ajimez.

Pero cuando subieron á la torre, los que entraron en ella, la encontraron abandonada.

El padre y los dos hijos, habian desaparecido.