Dícese que el que por acaso vé al Belludo y al Descabezado durante su brevísima escursion nocturna, esperimenta una desgracia.

Añádese, que el moro que cabalga en el Descabezado es un espíritu maldito.

Y preguntad á las buenas gentes de los alrededores, si es verdad lo del perro lanudo y lo del caballo sin cabeza, y os contestarán sin vacilar:

—Yo los he visto, una ó mas veces, y me ha acontecido tal ó cual desgracia.

Habia un guarda en los bosques de la Alhambra que se llamaba por apodo el Coronel: era un escelente hombre y un escelente cazador, y vivia en una cueva casi frente por frente de la torre de los Siete Suelos.

Una mañana de invierno el autor subió á la Alhambra.

Hacia un hermoso dia; pero la noche anterior habia sido una noche de tormenta.

El autor encontró al Coronel sentado tristemente al sol, en el poyo de piedras que habia junto á la puerta de la cueva.

—Eh, Coronel, le dijo; buenos dias: ¿qué hace Vd. ahí tan triste y tan cariacontecido?

—¡Ay, señor de mi alma! me contestó: anoche, cuando mas arreciaba el temporal, me dieron tentaciones de salir, porque de estas noches se valen los matuteros[89], y abrí la puerta á punto que daban las doce: el Belludo y el Descabezado pasaron junto á mí como alma que lleva el diablo.