Comprendió al fin, por lo que sus primeras tentativas astrológicas le revelaron, que nada sabria si no evocaba al diablo.
Estremecióse el bueno de Almedí, porque era religioso y justo, y no le gustaba tratar con los espíritus condenados; pero con la intencion de servir á Dios, se subió á una torrecilla de su casa y conjuró á Satanás.
Apenas habia pronunciado su conjuro, cuando oyó un zumbido sordo y tenáz y vió un moscardon negro y reluciente que habia entrado por la ventana y volaba alrededor de su cabeza.
—En el nombre de Dios altísimo y único, dijo Almedí, ¿eres tú el arcángel rebelde?
—Yo soy, contestó una voz que zumbaba como el vuelo del moscardon.
—¿Y por qué te me presentas en esa forma?
—Porque es la mas á mano que he encontrado.
—Eres mi esclavo.
—Ya lo sé: has pronunciado el conjuro mas terrible de Salomon.
—Toma otra forma, dijo Almedí.