—Esa es una tiranía inútil que le puede costar cara, contestó el maldito.

—Toma otra forma, repitió con doble imperio Almedí.

—Sea, pues que tú lo quieres.

Y no solo tomó otra forma el diablo, sino que la tomó tambien el interior de la torrecilla donde estaba Almedí.

Este vió, primero, una dama hermosa sobre toda ponderacion, engalanada sobre todo encarecimiento, que fijaba en él una mirada enamorada, dulce capaz de volver locos á cien faquíes ascéticos: la habitacion se habia trasformado en un retrete dorado, matizado, resplandeciente, adornado con divanes, con lámparas, con alfombras, como no habia visto ningun Almedí.

El bueno del faquí, en cuanto vió aquella hermosísima niña con sus sedosos cabellos negros sueltos en largos y anchos rizos sobre los desnudos hombros; la rica y doble gargantilla de perlas que rodeaba su cuello de blancura deslumbradora y descansaba sobre un seno medio descubierto; los encantos irresistibles que se veian á través de la magnífica y descuidada túnica, se olvidó de los dos engendros que le habian llevado los cazadores de leones y del deseo de saber su historia. Y sin embargo, la hermosísima jóven tenia en los brazos al pequeño hombre-fiera de cabellos y ojos de leon, y á sus pies, echado en el diván de seda y oro, al estraño animal, monstruosa mezcla de la deformidad del leon y del perro.

Y aquella niña, ó por mejor decir, el diablo, acariciaba á los dos pequeñuelos, y al recibir sus caricias, el niño lloraba y el perro ahullaba.

—¡Eh! ¿qué tal te parezco? dijo el diablo con una voz tan cavernosa, tan estridente, de acento tan cruelmente burlon, que no parecia sino que lo pronunciaba otra persona detrás de la jóven.

—Vete, dijo el faquí creyendo que el diablo se habia escondido tras de la hermosa niña que ocupaba el diván.

Al pronunciar Almedí su mandato, hermosa, diván y retrete desaparecieron, y solo quedaron el niño llorando y el perro ahullando.