Pero Almedí habia perdido su alma.
Se habia enamorado frenéticamente de Satanás, ó lo que era lo mismo, aunque él no lo sabia, de la hermosa doncella.
Y la llamó á voces, descompuesto el semblante, temblándole la larga barba.
Una carcajada mugeril, pero dulce, incitante, tentadora, le contestó.
Almedí corrió al ángulo de la torrecilla donde habia resonado aquella carcajada con los brazos estendidos creyendo que el diablo habia hecho invisible á la hermosa dama.
Pero al llegar á aquel ángulo donde nada encontró, en el ángulo opuesto resonó otra carcajada mas dulce, mas sonora, mas incitante.
El diablo jugaba con Almedí al esconder, y entretanto el pequeño hombre-fiera y el aborto de perro y leon acrecian en su llanto y sus engruñados.
Tenian hambre.
Despues de algun tiempo de inútil lucha, el faquí se sentó en medio de la habitacion agotadas sus fuerzas.
Inclinó la cabeza sobre sus rodillas, cerró los ojos y alimentó el recuerdo de aquella hermosísima vision que habia desaparecido.