Y recordando, vino á recordar que aquella vision se le habia presentado á causa de su conjuro al diablo.

Y como ardia en deseos de volver á ver á aquella seductora doncella, volvió á conjurar á Satanás.

Entonces un sapo negro y verde, como si hubiera caido del techo, cayó sobre la halda de la túnica de lana blanca del faquí y se puso á mirarle frente á frente.

—¿Eres tú, Satanás? dijo Almedí.

—Yo soy, dijo una voz atronadora que no se podia concebir saliese del cuerpo del sapo.

—¿Por qué has tomado esa figura? dijo Almedí.

—¿Qué, no soy yo dueño de tomar la figura que mas me agrade? ¿No dices tú en tus sermones en la grande aljamia: Buenos creyentes, temerosos de Dios; cuando entre en vuestra casa un moscon negro y reluciente, zumbando, zumbando, orad á Dios á fin de ahuyentarle, porque ese moscon es el diablo que viene á susurrar en vuestros oidos palabras de perdicion: cuando veais junto á una fuente un sapo negro y verde, aunque os aqueje la sed no bebais, porque aquel sapo será el diablo que habrá escupido en el agua, y si bebeis os hará suyo? ¿Por qué te quejas, pues, de que yo tome las dos figuras que tú me has supuesto?

—Hazme ver á la doncella blanca de los ojos negros, dijo Almedí, que á duras penas habia tenido paciencia para escuchar la réplica del diablo.

—No quiero, dijo éste; eres un viejo ridículo: ¿qué se ha hecho de tu santidad? Eva la ha desvanecido como el sol desvanece la niebla.

—¿Se llama Eva la doncella hermosa?